sábado, 23 de mayo de 2015

El Puente del Diablo


El más antiguo de nuestros puentes, y también uno de nuestros monumentos históricos más veteranos, pues data del siglo XVI, es el llamado Puente del Diablo, que cruza el río Sordo a la altura del poblado de Puerto Rico. Cuenta la leyenda que fue construido en una sola noche por el mismísimo Lucifer, quien esperaba recibir en pago por la obra el alma confusa y caprichosa de Don Francisco de la Higuera, dueño del mayor y más antiguo ingenio de la región, el de La Santísima Trinidad, mejor conocido como El Grande.



Resulta que el tal caballero andaba prendado de una linda doncella, quien, además ¡para mayor escándalo! se dice era su sobrina, hija de su hermano. El río había crecido a consecuencia de una tormenta y se había llevado el puente, por aquel entonces hecho de tablas. No pudiendo resistirse a la idea de acudir a la cita con su amada, don Francisco clamó a los cielos y los infiernos a ver si alguien le ofrecía solución inmediata a sus problemas. Del cielo no le respondieron, pues el motivo de sus cuitas se les hacía medio incestuoso, o cuando menos pecaminoso, además de no estar en su política atender asuntos tan mundanos. A los del infierno no les pareció tan mala idea, pues las ganancias resultaban tentadoras: ayudar a un pecador y, además, asegurarse un alma completita a un precio razonable. Así que Satanás no se hizo de rogar. Se presentó en el lugar y ofreció sus servicios de ingeniería, propuso la tarifa acostumbrada en tales circunstancias: el alma del contratante,  y marcó un plazo para la entrega de la obra: antes del canto del gallo. A don Franciso, cuando vio que la cosa iba en serio, le dio por arrepentirse y comenzó a buscar la forma de librarse del compromiso. 

Quién sabe si un ángel tratando de recuperar un alma para su equipo, o la nana del caballero, que aún seguía cuidándole las travesuras, o él mismo –no hay leyenda sin varias versiones de la misma historia - pero alguien tuvo la brillante idea de despertar a los gallos antes de hora, con lo cual venció el plazo sin estar terminada la obra. Marchose el Diablo, como acostumbra, con el rabo entre las patas; quedó el caballero con un puente nuevecito aunque faltándole algunos detalles, cosa también común, con el alma libre de hipoteca y demasiado escarmentado como para seguir adelante con sus amorosas pretensiones. Se dice que en el arco del puente se puede apreciar todavía la huella de una mano que sería la firma del Diablo, además de prueba indiscutible de su origen sobrenatural.

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